Recientemente fue el día del coach, profesión que practico desde hace algunos años y que me ha llenado de satisfacciones.
Y aunque los coaches ya tenemos muchos años en el mercado, todavía no hay una comprensión completa de qué es lo que hacemos. Hay enemistades con los psicólogos -algunas veces muy bien ganadas-, y desconocimiento del alcance de lo que un proceso de coaching puede lograr.
Una de las definiciones que más me gustan para describir el coaching es la de Leonardo Wolk, que dice que “el coaching es el arte de soplar brasas”. El coachee llega a su proceso con una flama encendida en el centro de su ser (a veces, puede pasar que no se haya dado cuenta de ello), y a través de nuestras preguntas, vamos introduciendo aire para que esta flama crezca más y más. Esa flama está compuesta por todos sus recursos (habilidades, creencias potenciadoras, capacidad de introspección, etc.), y nosotros solo le vamos soplando a lo largo del proceso.
Otra metáfora que me gusta para describir el coaching es verlo como una “caja de resonancia”.
El coach solo funciona como una caja que permite al coachee amplificar su propio sonido, sus propias vibraciones. Generamos un espacio de confianza en el que el coachee puede hablar sin temor a ser juzgado, donde va a encontrar una escucha empática que le permita expresar sus inquietudes, donde va a (o debería) encontrarse con alguien entrenado en hacerle preguntas que lo hagan resonar… que lo lleven a reflexiones profundas de las que pueda sacar sus propias conclusiones y definir su propio plan de acción, mismo que lo llevará de la situación actual (que no le gusta), al destino deseado.
El trabajo lo hace siempre el coachee, el coach solo facilita el proceso. Estamos ahí para escuchar mucho más allá de las palabras, hacer preguntas que emanan de una curiosidad auténtica, y un deseo profundo por servirle al otro.
No ayudamos al coachee; lo acompañamos.
Estamos y somos presencia en el proceso; porque eso es todo lo que necesitan.
En Programación Neurolingüística tenemos un postulado que dice que “todos los recursos están en la persona”. El coachee tiene todo para lograr sus objetivos, solo necesita encontrar sus estrategias. Por eso el proceso de coaching es un avivador de brasas, una caja de resonancia.
El proceso de coaching tampoco es un proceso terapéutico; creer que podemos hacer terapia en el proceso, es de una arrogancia infinita. No tenemos la preparación para hacerlo y ha generado una terrible pérdida de credibilidad en la profesión.
El proceso de coaching trabaja desafíos cotidianos, problemas del día a día, desarrolla capacidad de aprendizaje e introspección, aviva recursos, potencializa el desempeño, no arregla el pasado y no resuelve traumas.
Tampoco le decimos al coachee qué hacer; él lo descubre sólo. Algunos de nosotros de repente nos concedemos la licencia de quitarnos la cachucha del coach y de ponernos la del mentor, pero siempre con una actitud no directiva, poniendo herramientas al servicio del coachee y del logro de sus objetivos.
Un proceso de coaching en otra definición, es un potencializador del cambio.
Cuando el coachee llega a un proceso por su propia voluntad, es porque hay algo que no le gusta y que quiere cambiar. A veces no sabe qué es, solo sabe que el resultado que está obteniendo no es el que quiere; y ese es un excelente principio para el cambio.
Para acompañar estos procesos de cambio, los coaches tenemos toda una formación que nos permite hacerlo. En esta formación aprendemos a escuchar, a verdaderamente ESCUCHAR, así, con mayúsculas. Aprendemos a generar relaciones de confianza, trabajamos en dejar nuestros juicios de lado para poder acompañar a las personas al mismo tiempo que aprendemos a desmantelar juicios y creencias que no le están permitiendo llegar a donde quiere ir. Estudiamos las emociones, cómo funcionan, qué nos permiten y qué no nos permiten conseguir cuando están presentes. En fin, nos preparamos en muchos aspectos del comportamiento humano, y esta es una preparación que no se acaba nunca.
Si después de leer este artículo crees que un proceso de coaching puede ser algo adecuado para ti, o si estas buscando ofrecer este tipo de acompañamiento, o incluso crear una formación para coaches dentro de tu organización, por favor no dudes en buscarme. Para mi será un placer escucharte.
Nota: este artículo está dedicado a mi papá, Armando Arroyo Sotomayor, quien también es coach y ha sido mi inspiración en más de un aspecto de mi vida.
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